02:00 The initiation

 Me abrieron la puerta dos sombras del doble de mi estatura. A pesar de sus elevadas figuras y de carecer de rostros y de cualquier parte que exponga su piel, es claro para mí que estos seres son humanos. Puedo contar por lo menos una docena de estos monjes, todos abriéndome paso hacia las profundidades de la catedral, como si desde milenios esperaran visita. La catedral es incómodamente oscura. Esta oscuridad sólo me confirma la presencia de más seres escondidos detrás de las paredes, viendo a través de las hendiduras de la madera. Dentro de la catedral, sólo un par de tristes candelas iluminan fragmentos de las paredes y los techos. Un fuerte olor a roble quemado me da la bienvenida.

Una dolorosa curiosidad me obliga a observar las partes pobremente iluminadas de la catedral. Las paredes parecen estar plagadas de representaciones en óleo de la historia de estas criaturas macabras. Esta historia no consiste de relatos representando cálidos momentos de su experiencia. Los monjes están increíblemente conscientes de la realidad que habitan. Están conscientes de la carne, del alma, de las estrellas y de la purpurina creada por la arena cuando posan sus delicados mantos sobre el borde del mar. Las historias que los monjes representan son de festivales, de banquetes y de procesiones, todas ellas sorprendentemente retratadas bajo el mismo tono apagado.

En las ventanas, poca luz escapa de la catedral. Así mismo, ninguna luciérnaga se atreve a escabullir su perfecto baile hacia las oscuras tradiciones de esta tribu. Los vitrales entonces son una adoración a lo oscuro. Imperfectas representaciones de los encumbrados seres sostienen cadenas, cuchillas, mantos fúnebres y joyería con los cráneos de distintos animales. En los vitrales, estos seres posan sus oscuras posesiones los unos sobre los otros, como si de un acto de amor se tratara. Mientras más observo su cultura, menos claro es para mí si mi presencia es recibida entre ellos. Sin embargo, el mismo agrio impulso me fuerza a seguirlos a través de los pasillos y hacia la habitación central.

Esta habitación es fundamental y conceptualmente diferente. En lugar de candelas, tiene 12 candelabros puestos en círculo, cada uno colgando sobre la cabeza de un monje. La iluminación me permite observar con mayor claridad las pinturas de óleo. Las pinturas contienen actividades mundanas, esto claro está. Pero sobre cada una de ellas, existe una criatura con musculatura imposible, cada una de las criaturas con seis brazos y máscaras representando diferentes animales. Sus genitales, cubiertos. Veo una mujer con máscara de búho, veo a un hombre con rostro de conejo, a un ser asexuado con máscara de zorro. Cada pintura contiene un personaje distinto. Si tienen deidades, estas son.

Es entonces cuando los monjes se sientan gentilmente en el círculo alrededor de una caja negra con perfectas dimensiones cúbicas. No tienen bancas sobre las cuales reposar, sin embargo sus mantos colapsan ligeramente sobre el piso, hasta que cada monje queda virtualmente de equivalente altura a la mía. Con una voz más profunda que el océano hacia al que fui arrastrado, el monje a mi derecha se dirige a la caja en lenguas perdidas un tono que sólo puede ser descrito como el de un padre a su hijo. Con amor, con expectativas. Tras su silencio, el monje a su derecha empieza a hablar. Continúan con este ritual hasta que cada uno de ellos ha hablado hacia la caja. Es entonces cuando esta se abre.

La caja resulta ser un conjunto de vestiduras amarradas de tal manera que cubren en su totalidad a una jaula metálica, cuyo material no puedo descifrar. A pesar de que mis ojos ya fueron condicionados a la terrible iluminación del lugar, me cuesta identificar a la criatura. Por lo menos, este es el caso hasta que el sacerdote sentado en frente mío revienta de un golpe el superior de la jaula, liberando a la monstruosidad que hay adentro. Una bestia de dimensiones colosales salta con un chillido, sosteniendo con cada uno de sus brazos las seis columnas de la habitación. Al mirar hacia arriba, su mirada penetra mi alma con un terror jamás antes sentido. La criatura posee el rostro de un conejo.

Es entonces esta una ceremonia de adoración. Tiene que serlo. Sin embargo, me cuesta creer que esta cultura mantiene a sus dioses enjaulados. Mientras mi mente trata de comprender la grotesca escena en frente mío, veo al mismo monje, ahora sosteniendo una antorcha en una de sus extremidades. Con un movimiento casi coreografiado, la acerca hacia la pintura de este dios enjaulado, convirtiéndola en cenizas. Los demás monjes lanzan cuerdas hacia los brazos, piernas, cabeza y torso de la bestia. Uno de los monjes queda libre. Libre para tomar una lanza que colgaba de las paredes, y atravesar la cabeza tierna del dios prisionero. Oh, el dios sacrificial, oh, el dios de ganadería. Oh, el deicidio.




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