03:00 A sad excuse for a funeral

 Los bastardos recibieron en sus brazos la ahora masa amorfa de músculos que antes era parte de su panteón. Desechada, como una teoría que resulta ser refutada, expulsada de la academia. Exiliada, como un libro que resulta ser blasfemo para el resto del credo. El conejo, poderoso y simultáneamente frágil, ahora yace sobre la mesa de un carnicero. Los brazos y piernas de la bestia fueron cortados para alimentar a los monjes; para alimentarme a mí. La cabeza fue cortada, preparada para que el taxidermista la pueda bañar en oro negro. Era monumental. Mi cráneo cabría fácilmente dentro de una de las cuencas oculares del ahora expirado dios. En cambio, ahora adornaría su propio ataúd. La preparación de este ataúd se realizó a puerta cerrada. Desconozco qué hicieron con el torso.

El mismo impulso que me llevó a explorar la catedral y a presenciar aquel brutal sacrificio, me llevó de la misma manera al comedor detrás de las cámaras de tortura, detrás de las carnicerías, altares de sacrificio y prisiones. Me doy cuenta de que este impulso no es mío. Es manipulación. Los monjes poseen tal poder que con sólo desearlo me arrastran hacia las diferentes partes de su hogar, y no puedo evitar sentirme culpable por ello. Lo llamo curiosidad, pero es obligación. Al llegar al comedor, me siento en la única silla que queda sin habitar. En la mesa no hay sólo monjes. Esta habitación es temáticamente oscura, como sólo puedo esperar de la catedral. Aún así, ahora hay colores. Hay vida. Hay comida, y se ve apetecible. Pero ahora no es tiempo de comer, es tiempo de rezar y dar las gracias.

A mi derecha, un 'hombre' me ofrece la palma de su mano para rezar juntos. Este 'hombre' tiene una piel escamosa. Es calvo y tiene un rostro chato que demuestra dos aguados ojos. Creo que sufre de cataratas. Está vestido de blanco y a pesar de todo, me saluda en un lenguaje completamente humano. Es la primera vez que lo escucho desde... No importa, pues todo lo que me dice, lo dice en algún lenguaje europeo. Sigo sin poder entenderle, pero es claro que quiere que me una a él en oración, puesto que ya completé la iniciación. No es de mi menor incumbencia saber quiénes son estas personas, pero logré con ellas ser muy cercano: Una cercanía que sólo se logra con alguien cuando se tiene el infortunio de ver a su dios morir. Le doy la mano a este extraño hombre, y entonces miro hacia mi izquierda.

Hay una niña. La describo de tal manera por su vestido rosado, sus trenzas doradas y su suave tacto al ofrecerme de igual manera su mano. Lo cierto es que esta niña tiene un espejo donde su rostro debería estar. Lo sé, porque puedo ver en sus ojos una de las velas que reposa sobre la mesa. Puedo ver el festín en donde deberían estar sus labios, y en el lugar que ocuparían sus orejas, puedo ver vagamente aquellas pinturas en óleo que me atormentarán eternamente. Hay algo que me preocupa, y es que en su rostro no me veo a mí mismo. veo una sombra, un conjunto de expresiones geométricas de peculiares colores que evidentemente no pertenecen a esta habitación, pero no soy yo. Mi identidad se ha esfumado ya, y me pregunto qué verán estos peculiares aldeanos cuando sostienen mi mano.

Debo ahora cerrar los ojos. El monje está a punto de guiar la ceremonia, y todos inmediatamente hacen silencio. Una orquestra llena la habitación. No es una melodía triste. Está llena de cambios rítmicos, usa acordes alegres y es interpretada por los músicos de manera aterradoramente rápida. No puedo ver, pero parecen estar felices de la tragedia que hace poco presencié. Luego de la melodía, puedo escuchar el desconsolado llanto de una mujer. Por contexto, deduzco que también hace parte de la ceremonia. Sin embargo, este llanto es ahora acompañado por el llanto de todos los que están sentados en el comedor. El llanto asciende a gritos desgarradores que causan un temblor en la mesa. Yo sigo en silencio, no me queda más que continuar con los ojos cerrados hasta que la ceremonia termine.

Luego de un par de eternos minutos, el monje dio la orden de empezar a comer. El banquete consistía de lo siguiente: Setas rostizadas, carne de conejo bañada en especias extrañamente familiares, un bol de arroz marrón que tenía un leve escozor, ensalada de cereza con anís adornada con corteza de roble, crema de ojos hervidos, y finalmente, una bandeja con carne del dios asesinado. Sería deshonesto decir que no disfruté de cada bocado. La carne del sacrificio estaba tierna, pero sin mostrar señales de no haber sido cocinada lo suficiente. Estaba aromada con un caldo de champiñones, y estaba dorada con yemas de huevos que no había probado jamás. Posiblemente se tratara de un ave que desconozco. El sabor de aquel festín no me hizo sentir menos culpable. Había comido de aquel místico ser.

Quedé enfermamente satisfecho. Únicamente mi alma tiene ganas de vomitar, mis entrañas están extrañamente satisfechas. Sin embargo, la voluntad de los monjes me indica que no tengo tiempo para penar la muerte de tan extraña criatura. Tampoco tengo tiempo de preguntarme sobre el aspecto de los demás seres que me rodean. Es hora de la ceremonia. Debo decir que es extraño empezar un funeral viendo a todos usar vestimentas claras y coloridas. Dos monjes cargan el ataúd. Es una pieza de madera gigante y aparentemente pesada. Está adornada con ramas y con hojas. En la cabeza del ataúd, se encuentra también la cabeza del conejo, perfectamente brillante. Los monjes la cargan en una marcha rítmica a través de un camino fuera de la catedral, lleno de troncos de roble y de pellejos de conejos.

Tras la extraña procesión, uno de los monjes se levanta en frente del ataúd y pronuncia de nuevo unas palabras de apreciación. Puedo observar desde afuera cómo un par de monjes pintan el mural de cenizas donde posaba el retrato del conejo. Ahora me es claro que los monjes tienen incontables dioses. Quizás matarlos es la única manera de mantenerse relevantes como mortales. Quizás consumir su cuerpo y alabar sus cabezas les permite tales extraños poderes sobre la consciencia. Mientras este tren de pensamientos corría de un lado a otro sobre mi mente, cerré los ojos y al abrirlos estaba completamente a solas con el ataúd. Un impulso macabro me decía en incesante detalle qué hacer... Dentro del ataúd, en las entrañas del dios mutilado, se encuentran los secretos de la existencia misma. Debo abrirlo.






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