The Fine Game of Nil

La condición humana es ciertamente magnífica. Es aterrorizante y limitante, y aún en su infinita simpleza, nos escuda de terrores existenciales que buscamos sin más razonamiento. Nos gusta fantasear con alienígenas irreconocibles y mundos tan alejados de la realidad que nos hacen olvidar la presente. No. Nos gusta crear universos. Nos gusta ser dioses de nuestros propios destinos. Y aún así, somos esclavos de masas grises tan reconocibles como la nada misma. Nuestras mentes son esclavas de nuestras mentes, y es la contradicción más bella que puede haber.

Ignorando lo cegado a la realidad que pueda estar, debido a mi capacidad de ver el mundo físico, sé una cosa y una cosa no más. No hay nada más alienígena, más extraño, más escalofriantemente desconocido que aquel fantasma encarcelado en aquello a lo que llamamos mente. No hay nada más bizarro que perder nuestra conciencia todas las noches, sólo para ganar un fantasma idéntico a la mañana siguiente, fundamentalmente diferente, pero fundamentalmente, una copia idéntica al anterior.

¿No sería acaso un alivio perder cada recuerdo de nuestro ser al despertarnos? ¿No sería liberador ser desprendidos de todo sentido de identidad, y con él, todas nuestras aflicciones, todos nuestros miedos, todas nuestras angustias?

Estas son las preguntas que me hago mientras observo al espejo y veo tan sólo un avatar de lo que mi retorcida alma representa. Una pintura de mi espíritu aún adolorido, y en serenidad. Aún en agonía, y lleno de vida. Aún destruido, y de alguna manera, lentamente construyéndose de nuevo con cada suspiro.

Seré honesto con el fantasma que habita la persona que se atreva a leer esto. Seré honesto con usted, estimado lector. Me veo a los ojos, y no veo más que un infinito vacío. Y el vacío me mira, y no ve más que un millón de partículas diminutas dispuestas a explotar. En mis ojos veo muerte y vida, y me llena de un infinito terror.






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