01:00 The fireflies' waltz
Tras un largo silencio, las frías manos del lago me arrastran hacia sus profundidades. Las estrellas se apagaron. En su lugar, pequeñas impostoras se levantan a tomar su lugar, bailando sincrónicamente balanceándose de un lado para otro. Mientras mis ojos se ajustan, las bailarinas se posan en una línea indicándome nadar (o volar) hacia ellas. Sus alas son apenas visibles, pues sus pequeñas lámparas opacan todo alrededor de ellas. La noche ahora le pertenece a las libélulas. Lentamente su luz inunda el universo, revelando una ciudad de edificios de mármol alzándose en todas las direcciones.
La ciudad, a pesar de extenderse por aparentemente decenas de kilómetros, parece acogedora. Me permito leer múltiples carteles en las ventanas de los hogares que aunque ilegibles, claramente representan cafeterías, cantinas, librerías. Extrañas personas salen de las puertas. Llamarlas personas es tan sólo un acto de cortesía, puesto que su único aspecto humano puede ser encontrado en su manera de actuar. Son alienígenas en todos los demás aspectos. Sus fisiologías, aspectos, lenguajes, tamaños y presencias representan seres completamente indescriptibles.
Uno de estos seres, probablemente el más antropomórfico que hay, me toma de la mano con uno de sus apéndices, realizando sonidos extraños y arrastrándome ligeramente en su dirección. Mientras camino, noto que el ser desplaza a través de sus escalas una esfera pulida que sólo puedo interpretar como su ojo. Sin embargo, al tratar de hacer contacto visual con la criatura sólo puedo escuchar estática en mi cabeza. Detrás de las extrañas construcciones, me muestra entonces que la ciudad no sólo consiste de su peculiar arquitectura. Además de ello, cuenta con un jardín.
Las plantas no crecen hacia arriba. En su lugar, el jardín consiste de un vasto vacío lleno de tulipanes, rosas, ásteres y margaritas. Estos organismos no son regulares tampoco. Son estructuras fractales que consisten de hojas imposiblemente verdes que convergen entre sí en esferas, con flores de distintos colores amarradas de un único ser. Las plantas aquí flotan. La lluvia se comporta más como un campo magnético que surge como agua perfectamente filtrada desde el centro de la ciudad, y levita lentamente en la dirección de cada ser vivo que la necesite. En el centro, un gigante roble cubierto de hongos.
La criatura de infinitas extremidades me indica los hongos son y deben ser tratados como individuos. Cada seta tiene en su sombrero una combinación de manchas de colores que la distingue como una huella dactilar. Cuando trato de acercarme para analizar sus patrones, una de las setas se expulsa así misma del tronco. Con delicados tentáculos empieza a flotar, despegando una tinta color pastel detrás de sí. La seta entonces se reubica en un lugar diferente del mismo árbol, indicándome que se sentía incómoda con mi cercanía. Comprendo que todo lo que veo en este lugar tiene consciencia propia.
En un momento de tranquilidad me desprendo de la criatura que había estado guiándome. Es entonces cuando me doy cuenta de que sin asistencia externa, no puedo desplazarme por mi propia voluntad en este lugar. Empiezo a flotar a través del vacío del jardín, a través de un par de casas de tamaños increíblemente diferentes, y logro pasar justo por el lado de una galería de arte abstracto con pinturas saliendo como tumores de sus ventanas. Finalmente, mi viaje concluye cuando choco con las gigantes puertas de obsidiana de una catedral. El golpe es suficiente para ser escuchado desde adentro.

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